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¿Vergüenza? Vergüenza es robar. >:(

Por: Mango

"La vergüenza es el mayor enemigo del progreso."

— Ryoko Kui, Dungeon Meshi (2023)

"Con los miedos y las vergüenzas se escapan también por el desagüe casi todas las cosas inesperadas y divertidas..."

— Elsa Punset, Una mochila para el universo
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La vergüenza es una emoción universal que afecta nuestras interacciones y la percepción de nosotros mismos en un intento por mantenernos a salvo de la “probable” agresión o rechazo del otro; a menudo actúa como un peso que limita nuestra autenticidad. Esta emoción, que sentiremos inevitablemente en algún momento de nuestras vidas, nos aleja de la mirada del otro, a veces, aislándonos. Pero ¿porque dejamos que nos controle?

Desde pequeños se nos dice qué decir y qué hacer, qué nos debe gustar según nuestra edad o sexo, qué debemos valorar o repudiar y cómo mostrarnos con los demás para agradarles. Son estas expectativas las que rápidamente nos hacen darnos cuenta para sorpresa de nadie, que no somos buenos para encajar en sociedad. Nos piden que nos adaptemos, que seamos permeables a las demandas ajenas y, en el momento en el que recibimos una primera mirada crítica, empezamos a dudar de nosotros mismos comenzando un complejo proceso para lograr ese anhelado ensamble social.

Nada es fácil de aprender, no obstante, en algún momento pensamos que ya estamos listos para encajar. Nos animamos a decir o hacer algo convencidos de nuestra asertividad pero, si a la vista del otro es entendido como desatinado, tal acto de valentía termina siendo objeto de burlas o rechazos. Es entonces cuando por primera vez experimentamos la vergüenza: un sentimiento nacido del golpe que nuestro ego recibe cuando nos hacen sentir que no cumplimos con esas expectativas que pesaban sobre nosotros, generando una de las heridas más peligrosas que podríamos sufrir.

Empezamos a creer que esas partes “desaprobadas” no le agradarán nunca a nadie porque no encajan en el rompecabezas social al que queremos pertenecer y en nuestra ingenuidad, las ocultamos, creyendo que así desaparecerán. Escondemos lo que no nos agrada de nuestro cuerpo, de nuestros gustos, de nuestros pensamientos, de nuestros hábitos, de nosotros mismos. Es allí donde nacen nuestras inseguridades.

Pero somos humanos y por ende, naturalmente egocéntricos: por más daño que nos hagan esos estándares, aún anhelamos encajar. Deseamos ser vistos, ser buscados, sentirnos únicos y por sobre todo, ser amados. Ideamos miles de posibilidades deseando conseguir reacciones específicas que, al no suceder, provocan nuevas heridas, más profundas.

El ego dañado nos hace sentir vergüenza y temor a la opinión de los demás, aún en nuestra soledad, encontrando bochornosas situaciones cotidianas por el miedo al “¿qué pensarán de mí?”. En nuestro afán de complacer al mundo, aprendemos y cambiamos nuestras formas para adaptarnos, ya sea volviéndonos iguales o aislándonos: adaptarse o huir. Poco a poco, nos olvidamos y negamos quiénes somos, volviéndonos desconocidos en nuestra propia piel, levantando muros imaginarios y creando una identidad ficticia, un “yo” tan irreal como el reflejo distorsionado en un espejo roto que deseamos, más que nadie, se vuelva realidad.

Hasta que nos cruzamos con alguien que logró encontrar el modo de “ser fiel a sí mismo”, alguien que bien podría uniformarse como todos, pero eligió elegirse, alguien que halló una tercera opción, pelear. Y si ese alguien que disfruta de aquello a lo que nosotros no nos animamos es un par con quien podemos identificamos, nos molesta aún más, aunque no le esté causando daño a nadie. No sabemos qué es esa incomodidad y evitamos indagar: ¿es pena, rabia, prejuicio? En nuestra ignorancia deliberada, buscamos un nombre para ello: “cringe”, “ick”, “grima”, “vergüenza ajena”, para no reconocer lo que es en realidad: envidia.

Es raro pensar que, para lo que a primera vista parece simplemente desaprobación, en realidad es querer lo que el otro tiene. Somos envidiosos de aquel que es libre; queremos poder despreocuparnos y simplemente vivir, aunque no seamos conscientes de ello.

Pero no todo es nuestra culpa, pues los pares y superiores son primordiales para el desarrollo de la vergüenza y el ego. El entorno en el que crecemos y nos encontramos moldea inevitablemente nuestra personalidad: vemos cómo los otros reaccionan no sólo a nuestras actitudes y carencias, sino también a las de los demás. Es por eso que nunca actuaremos de la misma forma con todo el mundo.

Las relaciones que tenemos crean confianza y potencian ciertos rasgos de nuestra personalidad, porque son estas relaciones las que generan la seguridad que le falta a nuestro ego: “porque ahora no estoy solo, porque ahora hay alguien igual a mí que siente lo mismo que yo y que, si se queda conmigo, cualquier ‘podría pasar’ deja de verse tan terrible”. Por este mismo motivo, cuando nos encontramos con amigos o con gente cercana, nos permitimos ser un poco más libres; encontramos ese valor que creíamos haber perdido y hacemos cosas que no pensábamos que podíamos hacer. Es en esta valentía que surge el coraje para confrontar al otro, cuya presencia, en su inconsciencia, nos molesta. Lo miramos, nos reímos o burlamos, hablamos de él a sus espaldas, criticamos su apariencia, su comportamiento, lo excluimos y molestamos, convirtiéndonos en las miradas que tanto temíamos. Nos metemos tanto en el papel que creamos que, al señalar lo "incorrecto", creemos estar en lo correcto, pensando que así somos mejores, más perfectos. Sin darnos cuenta que aquello que nos molesta puede, en realidad, ser algo que define o es parte de nuestro verdadero “yo”, parte de aquel que está en esa cajita escondida muy dentro de nuestra alma que nos atemoriza revisar por miedo a ver que encontraremos. Hoy, sin saberlo, yo soy esos ojos que me atemorizan y odio.

Es por eso que necesitamos aprender a elegir a nuestros pares. “El encuentro es la esencia de la relación humana” y aunque es innegable que hay gente maravillosa que nos ayudará a potenciar lo mejor de nosotros, existirán también personas que despertarán lo repudiable de nuestro ser. Nuestros vínculos pueden ser espadas de doble filo; pueden hacernos caer tan bajo como hacernos llegar a la cima de todo, pero cualquier cambio que nos impulsen a hacer es solo eso, un impulso: si no nace de nosotros, nada empezará nunca.

“...En el hielo de la soledad es cuando el hombre, implacablemente, se siente como problema, se hace cuestión de sí mismo, y como la cuestión se dirige y hace entrar en juego a lo más recóndito de sí, el hombre llega a cobrar experiencia de sí mismo”. La única forma de discernir entre la multitud es mediante el juicio crítico que formamos al conocernos, para ello, la introspección es primordial, ya que si nosotros no somos conscientes de nuestras carencias, tampoco seremos conscientes de las carencias de los demás y por ende, se nos hará imposible elegir nuestras compañías.

Pero hoy muchos le tienen miedo a la introspección y al silencio, de forma similar a como muchos le temen a la oscuridad: ¿realmente le tememos al silencio o a lo que podríamos encontrar en él?: nos asusta pensar que, en cualquier momento, un pensamiento para el que no estamos listos podría aparecer. Tememos a lo desconocido, eso es bien sabido, del mismo modo que rechazamos el aburrimiento, sensación primordial para el desarrollo humano.

Aburrirse es, de algún modo, una forma de soledad. Nos llenamos de estímulos, juegos y actividades para evitar enfrentar nuestros pensamientos, buscamos ruido, aunque este nos sea banal, todo por miedo a quedarnos solos con nuestra mente. Pero, ¿cómo podemos ser vulnerables con los demás si no lo somos con nosotros mismos? La vulnerabilidad es esencial para construir y mantener conexiones humanas, así como para conocernos y cuidarnos. Esta debería ser vista como un momento propicio para la introspección en lugar de generar angustia.

Nos pasamos la vida perdiendo el tiempo elucubrando y descartando posibilidades, todo por evitar saber lo que podría pasar, todo por el temor a que los demás nos vean. ¿Por qué el que nos miren nos resulta tan terrible? ¿Por qué, si sabemos que esas personas pueden no valerlo, anhelamos tanto su aceptación?

“Cuanto menos sabemos, más creemos saber”: una verdad que muchos cargarán sobre su espalda mientras sea el miedo quien los controle. ¿Es realmente esta constante necesidad de encajar la que nos aleja de quienes somos, o en realidad no somos, más bien, nosotros mismos?

Ni resignarse ni huir, se puede elegir pelear; siempre podemos volver a intentarlo. Lamentablemente, es más fácil decirlo que hacerlo y la realidad es que, genuinamente, nos aterra abrir esa cajita y ver qué pasó con esos pedacitos que escondimos. Elegimos huir, elegimos escondernos y elegimos morir.

La introspección es, sin lugar a dudas, la respuesta que buscamos, el valor que más deberíamos cultivar y el que más descuidado está. “Cuanto más nos conocemos, menos nos importa lo que el otro diga; cuanto más nos conocemos, menos nos importa lo que el otro haga⁴”, porque es solo conociéndonos como vamos a ser capaces de superar la vergüenza; de aprender a sentirnos cómodos siendo vulnerables; de no buscar que los otros nos acepten, sino aceptar a los demás; de entender que no necesitamos la validación externa para sentirnos completos y más que nada, capaces de aprender a ver a los demás por lo que son y no por lo que somos.

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Bibliografía