“Es bueno diseccionar otras obras. Pero es peligroso hacer demasiadas comparaciones. No hay que aspirar al primer puesto, sino a crear tu propia obra maestra”
— Mayu Oba – Blue Period"«Si muero», me dije a mí mismo, «no dejaré tras de mí palabras inmortales, nada que haga que mis amigos se sientan orgullosos de mi memoria, pero he amado el principio de la belleza en todas las cosas, y si hubiera tenido tiempo, me habría hecho a mí mismo recordar»"
— John Keats – Carta a Fanny BrawneHace tiempo que soy incapaz de crear, mis manos no acatan y mi corazón añora un pasado dulce que me acecha y consume. Me encuentro limitado en mi propia mente a cumplir con responsabilidades y presiones ajenas y es así que marco que, desde hace tiempo, me he convertido en un muerto sin cadáver.
¿Con qué propósito elijo esto? ¿Es esta etiqueta por la que muchos me definen la causa de mi desdén? Escribo hoy este ensayo porque siento que vivo parándome en puntas para entrar a una atracción a la que, sin importar cuánto crezca, nunca podré jugar. Tengo miedo no solo a fracasar sino a fallarle a un espectador fantasma y temo que por andar con tanto cuidado, he olvidado cómo se veía mi ser antes del pánico.
¿Será la racionalización una maldición o una bendición? Pues tal característica desarrollada por egoceptismo ha sido irónicamente el inicio de nuestra decadencia y la razón de nuestro andar.
Todo ser vivo morirá. Somos seres mortales y es inevitable el paso del tiempo, pero el humano, a diferencia de sus compañeros terrestres, es capaz de racionalizar, anticipar la muerte y entender que morirá, pero entender no es comprender y, de la misma forma que el vidente no entiende al ciego, la humanidad no comprende la muerte, no porque le sea ajena, sino porque no concibe el dejar de ser: la nada.
¿Y cómo entenderla? Si hay inicio y fin, hay desarrollo y desarrollarse implica crecimiento y cambio, pero ¿hacia qué?, ¿por qué crecer y cambiar si vamos a llegar al mismo resultado?. Ese recuerdo sobre la finitud de la vida provoca sufrimiento existencial. Buscamos sentido, una finalidad en la nada para comprenderla y así acabar con la incógnita y el miedo, porque solo entendiendo algo podemos prepararnos para la desconocida amenaza.
Es en esta búsqueda de sentido y finalidad donde encontramos formas de vivir, formas de ser. Buscamos, de alguna manera, ser el elegido que evitará el destino común, ser aquel que trascienda y evite la amenaza inconsciente del existir. Es entonces que, en la lucha por trascender, nos esforzamos por destacar, desarrollarnos y demostrar que seguimos siendo. He aquí el nacimiento del talento.
¿Qué es el talento? Si la muerte es dejar de ser y el olvido es una forma de muerte, propongo redefinir al talento como síntoma de una lucha por permanecer, no en la mente de los demás sí no en la de uno mismo. Un concepto ya no sujeto a una expectativa social, sino a un ideal personal trascendental y mutable. Como diría Kant, el verdadero valor de una acción o creación no reside en su utilidad externa, sino en la coherencia interna con la propia libertad y racionalidad; así, el talento auténtico se justifica por existir en sí mismo, no por servir a un propósito impuesto.
Entonces podemos decir que el talento es consecuencia del miedo al olvido pues este es una forma de trascender, de destacar, de ser recordado. Aquel talentoso se vuelve visible, se diferencia. El talentoso demuestra estar vivo y transforma su habilidad en la constante de haber elegido vivir, no necesariamente porque el otro lo mira, sino porque se mira a sí mismo.
Ser talentoso no es más que un modo más poético de definir la identidad: quien tiene talento se conoce y tiene la seguridad de que es. El talento, y por ende la identidad, nacen, en esencia, del control, el cual definimos como una afirmación del ser, pues no podemos actuar si carecemos de poder sobre nosotros (controlar es afirmar tenemos impacto sobre el mundo) y la voluntad, que consideramos un particular sinónimo de consentimiento (un actuar en base a nuestros deseos personales; hago porque deseo y deseo porque añoro).
La negación de uno de estos dos conceptos, es la negación de la identidad. El control sin voluntad carece de deseo que oriente el existir y por ende, el individuo se vuelve propenso al sufrimiento, dado que no es capaz de distinguir un objetivo o futuro. Por su parte, la voluntad sin control es igual de nociva: la persona tiene deseos fuertes, aspiraciones claras y energía para actuar, pero carece de disciplina, regulación o constancia para sostener el querer en el tiempo. Es allí cuando abandona el añoro ante la frustración de no alcanzar su objetivo y sucumbe, igualmente, al sufrimiento.
¿Pero cuando se niega la identidad? Si todos buscamos ser especiales y únicos vamos a necesitar confirmación ajena que nos indique que realmente somos quienes creemos. Buscamos sentido en el exterior y el exterior, quien también busca sentido, nos da utilidad, nos encasilla en el rol de una película ajena y nos niega control.
Así, la persona es forzada a actuar para un ser ajeno en un mercado de habilidades donde se le obliga a competir y, atormentado por responsabilidades impuestas, una vez que pierde control o voluntad, se vuelve incapaz de seguir practicando su sentido y se somete al sistema, dando a luz a la falsa finalidad o utilidad.
Pero hemos desarrollado una herramienta para soportarlo: el placer. Cuando sentimos placer, estamos vivos, presentes, completos. Suspende el tiempo y disuelve la preocupación por el futuro.
Epicuro distingue entre tres tipos de placeres. Yo propongo simplificarlo en solo dos, diferenciados por su necesidad de sufrimiento para obtenerlas.
El placer hedónico (o menor): Inmediato, fácil y accesible, pues no requiere de esfuerzo o dolor significativo. Su efecto suele durar poco y aporta alivio momentáneo. Incluye necesidades básicas como comer, dormir o masturbarse.
El placer eudaimónico (o mayor): Implica sufrimiento previo: estudiar para aprobar un examen, entrenar para ganar un partido. Su valor no solo radica en la dificultad de adquisición, sino en su persistencia en el tiempo y la importancia personal, pues estos actúan como trofeos en una estantería simbólica.
Ambos tipos de placer cumplen una función vital. Los menores garantizan la supervivencia y el descanso, los mayores construyen identidad, fruto de voluntad y control.
Pero cuando el placer hedónico, que en principio es un descanso legítimo, se convierte en refugio constante frente al aburrimiento y la frustración, se genera un círculo vicioso: al experimentar constantemente recompensas fáciles, se pierde la capacidad de tolerar el esfuerzo, se debilita la voluntad y se fragmenta el control. El sufrimiento necesario para lograr objetivos mayores se vuelve intolerable y con él, se pierde también el sentido.
Sin embargo, los placeres hedónicos no deben ser demonizados: cumplen un rol esencial para sobrevivir y para motivarnos.
La diferencia entre motivación y adicción está en cómo enfrentamos el sufrimiento: mientras que la motivación acepta el dolor como parte del proceso, la adicción lo niega y lo esquiva: nos acostumbra a una comodidad idónea y perdemos la capacidad de tolerar el esfuerzo, se debilita la voluntad y se fragmenta el control. Es entonces cuando, sin darnos cuenta, cambiamos la lucha por existir por una lenta desaparición simbólica.
En esta tensión, el ser humano desarrolla estrategias para evadir el dolor y mantenerse en una zona anestesiada. Hay una necesidad de controlar cuándo, cómo y por qué sentimos dolor, evitando así enfrentarnos a lo imprevisible de la vida. Al vendernos a un sistema que restringe nuestra identidad, dejamos de ser y empezamos a consumir.
Imaginamos vidas paralelas de posibilidades idóneas que debilitan y confunden nuestros deseos. Añoramos cada vez más ser esos elegidos perfectos, pero al someternos a cumplir con un propósito impuesto, el resultado es la tragedia de actuar una vida y vivir una fantasía. Empezamos a obrar conforme al deseo ajeno y nos conformamos con ilusiones para sobrellevar la carga habitual, poco a poco perdiendo identidad y volviéndonos arquetipos fáciles de digerir para el espectador.
Este autoengaño nos lleva a exigirnos talento, no para afirmarnos ante la nada, sino para ser reconocidos por otros. Ese falso talento deja de ser resistencia y se vuelve reflejo de la misma ausencia que queríamos evitar. Parece voluntad, pero es obediencia: nace cuando empezamos a actuar para ser consumidos por otros. Ya no creamos desde la pasión, sino desde el miedo a no ser vistos.
Al buscar obsesivamente la validación externa, entregamos lo que sustenta nuestra identidad y, al cederlo, dejamos de actuar por un deseo auténtico. Así, lo que comenzó como un acto de resistencia se degrada en una repetición complaciente. De esta forma, el miedo inicial, ser olvidados, ser reemplazables, se convierte en causa directa de nuestra desaparición simbólica.
¿Y qué podemos hacer en un mundo donde más vale maestro de nada que aprendiz de todo? ¿Un mundo que nos pide excelencia y que nos fuerza a creer que debemos fragmentar nuestra identidad y elegir con qué retazo quedarnos?
La respuesta es fácil: Ignorarlo, “fingir demencia”, hacerse el tonto.
Hoy, el sistema nos pide que seamos productivos y excelentes ¿para qué? ¿para quién? En el momento en el que dejamos de actuar para un espectador fantasma y empezamos a crear para nosotros nuevamente, cuando decidimos dejar de ser útiles y de participar en una narrativa ajena, ese instante en el que recuperamos lo propio porque deseamos y no porque se nos exige, sin importar cuanto tome o cuanto descansemos, cuando dejamos de preocuparnos por pensar y perseverar y decidimos crear por crear, ese es el momento en el que recuperaremos aquello que hemos perdido, que afirmamos existir y en el que, irónicamente, seremos, o volveremos a ser, talentosos.