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Perdón, ya tengo otro mejor amigo ;-;

La jerarquización y deshumanización de los individuos en sociedad

Por: Mango

"Hace muchos, muchos años
en un reino junto al mar
vivió una doncella que tal vez conozcas
llamada Annabel Lee.
Y esta doncella vivía sin otro pensamiento
que amarme y ser amada por mí."

— Edgar Allan Poe, Annabel Lee (1969)
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Es un consenso general que el ser humano implica ser un sujeto biopsicosocial y que, por ende, nos encontramos condicionados por nuestro entorno y relaciones, pues no somos seres aislados, necesitamos del otro para sobrevivir y desarrollarnos plenamente, ya sea en pos de una supervivencia óptima o en aspectos tan personales como la construcción de la identidad.

Y cuando todos debemos desarrollarnos no solo es crucial hacerlo de forma organizada y segura sino, además, eficiente. Como seres egocepticos no nos basta con sobrevivir: necesitamos vivir mejor, necesitamos ser suficientes y plenos y, la única forma de que yo como persona pueda obtenerlo es logrando que los otros jueguen al mismo teatro que yo. Es así que surge la sociedad capitalista heteronormativa, un sistema implícito subjetivo en el que somos obligados a participar incluso antes de nacer. Porque crecemos en sociedad es que nos encontramos limitados por reglas y etiquetas ajenas que nos piden comportarnos de cierta manera para encajar y alcanzar un, comúnmente impuesto, bienestar. Pero en el momento en el que se nos pide participar de narrativas ajenas para alcanzar un fin común se nos despoja y despojamos a los otros de una de las dos características fundamentales de la identidad humana: el control.

Sin control nos volvemos sumisos, perdemos parte de nosotros y, en busca de recuperar lo perdido buscamos encajar, ser parte y cumplir lo que se ha pedido, inconscientemente, sometiéndonos a una idea de realización impuesta que nunca cuestionamos ni debatimos, pues ya ha asumido que de esa forma alcanzará realización y por ende felicidad. El humano va a buscar formas de que el entorno lo valide y lo lleve a su meta y es así que aquel deja de ser una persona y se transforma en un ente para cumplir un rol ajeno, para ser un actor en la historia de un otro. Aquí nace, entonces, la jerarquización del entorno: si existe un estándar entonces, consecuentemente, deben de haber cosas por debajo y por encima del promedio y, la única forma de medir la utilidad del algo en relación a la meta es valorizandolo, darle un motivo y una finalidad y reducirlo a un medio para un fin.

Es común ver que aquel indigente es ignorado y encasillado en un rol ajeno, se dice que es peligrosa, agresiva o incluso menos humana. En su momento, se le preguntó a un grupo de estudiantes de clase privilegiada como reaccionarían si una anciana bien parecida cayera en mitad de la calle, todos ellos contestaron que irían a ayudarla. Por su parte, cuando se les preguntó lo mismo sobre una persona indigente, la mayoría contestó que seguirían de largo, que la ignorarían.

¿Por qué sucede esto? ¿Está acaso la empatía sujeta, entonces, a la proximidad con el propio?

Solemos sentir empatía por aquello que nos atraviesa, por las personas en las que podemos vernos reflejadas. Cuando algo se aleja de nuestra realidad lo encontramos totalmente ajeno y por ende se nos dificulta desarrollar vínculos, sentir empatía y hasta compasión por el diferente. El resultado es un proceso de deshumanización: al no vernos reflejados en el otro lo reducimos a un estereotipo, lo despojamos de su humanidad.

Le damos valor al ajeno, cual objeto se tratase, y lo jerarquizamos mentalmente en función de su rol en nuestra vida, en función de cuánto placer nos otorga o a modo de medio para alcanzar un fin. La persona deja de tener identidad, de ser autónoma, para pasar a ser “el amigo, el novio, la prima, la hermana, la madre, etc”, es entonces que pasamos de ser sujetos a convertirnos en funciones sociales y nuestra existencia queda subordinada al lugar que ocupamos en la narrativa de los demás.

En 1943 surge la teoría de la pirámide de Maslow, donde se desarrolla la idea del sujeto igual a un objeto jerarquizado como parte de niveles de necesidades a satisfacer, una idea arraigada en las raíces del sistema patriarcal y capitalista en el que nos encontramos obligados a vivir pues, este nos dice que la pareja vale más que la amistad, que al progenitor se lo debe de obedecer sin cuestionar y que la descendencia no es más que un objeto de nuestra pertenencia al que podemos controlar y cuidar a nuestro gusto y conveniencia. Es este sistema y, por ende la sociedad, quien toma esa pirámide y la vuelve rígida, como si hubiera “formas correctas” de relacionarse que nos permiten escalar para alcanzar una felicidad que ya no es subjetiva y personal, sino objetiva y social. De esta manera, todo aquello que evite que avancemos en la pirámide es mal visto, es extraño y se le categoriza de “triste”, de dañino: las personas queer están enfermas, las solteras más allá de los 40 son tristes y están deprimidas, aquellos con exploraciones sexuales consensuadas diferentes son poco más que desviados y todo aquel con una idea diferente a la de la norma es un incitador al caos y al desastre.

Es redundante, esta categorización casi sin fundamentos por el motivo que sea solo es una forma de perpetuar este sistema. En este contexto, la persona buscará, entonces, contentar el estándar. No solo modificará su ser en pos de lo convenido como apropiado, sino además, su estilo de vida y relaciones. Las actividades estarán categorizadas por género, las ideas y las crianzas serán diferentes en relación con tus genitales, tu clase social y tu etnia, incluso tu habla será controlada y adecuada a lo que se espera de tu rol, y de la misma manera que se nos impone esto, nosotros lo imponemos al otro. Esperamos del par lo que se espera de nosotros y lo encasillamos en una narrativa específica para adecuarlo a lo que queremos ser, categorizamos al aquel en conocidos, amigos, mejores amigos, pareja, casi algo, compañeros según nos convenga o guste, sin necesidad aparente y sin esperar siquiera aprobación por parte del otro y, más osados aún, nos decepcionamos cuando este no juega su papel, cuando los demás deciden (o demuestran) que no son actores, que son también protagonistas.

Pero esto no solo afecta al otro, pues nosotros somos también víctimas de la mirada ajena. Estamos también forzados a participar en el teatro ajeno como extras y nos obligan a cumplir con el papel, a respetar estereotipos o narrativas en pos de hacernos fáciles de digerir y comprender, así limitando nuestra identidad, pues en el momento en el que rompemos el papel dado nos volvemos una amenaza para la comprensión del sistema sobre nosotros.

¿Qué queda, entonces, para todo lo ajeno al sistema, para eso que catalogamos como diferente?

Este encasillamiento nacido por cumplir con el sistema y volvernos productivos nos restringe como individuos y persigue a aquellos despreocupados por contentar al ajeno. Es difícil escapar de la heteronormatividad y cualquier persona que lo logre es vista como amenaza para la dignidad y bienestar social, aún cuando no haya motivos lógicos para tacharla de extraña. Lo distinto lo consideramos una amenaza, no porque nos afecte directamente sino porque creemos que atenta contra nuestra identidad, contra el teatro interno que el sistema nos ayudó a crear y así, evitamos experimentar vidas y posibilidades que podrían llevarnos a conocer a quien verdaderamente somos y lo que realmente nos hace sentir plenos y contentos.

En definitiva, la necesidad de categorizar y jerarquizar nuestras relaciones no es solo un reflejo del sistema en el que vivimos, sino también una cárcel que nos imponemos mutuamente. Al reducir al otro a un rol o función, al medir su valor según estándares ajenos y expectativas sociales, despojamos tanto al mundo como a nosotros mismos de la riqueza de la autenticidad. La jerarquización afecta nuestras relaciones, limita nuestra identidad y nos impide experimentar la plenitud que surge de conectarnos con los demás sin filtros, sin etiquetas, sin mediaciones que condicionen lo que podemos sentir o ser. Solo al cuestionar y desafiar estas normas podremos acercarnos a relaciones más genuinas y a una vida más libre y consciente.

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Bibliografía